
Hace 1.100 años, eran estas mismas las tierras pero bien distintos a ti y a mí quienes las hollaban. Fue la geografía, el valor de nuestros ancestros y lo que puede que nunca sepamos, lo que llevó al monarca asturiano Alfonso III, llamado el Magno, a traspasar la Cordillera e instalar su capital en la antigua Legione, amurallada ruina romana llena de posibilidades. Obligado a abdicar por su misma prole, dividió el territorio entre ésta, tradición germánica que sin duda debilitaba el poder a cada tránsito, pero su costumbre al fin y al cabo. A Fruela correspondió Asturias, a Ordoño II Galicia y a García I, León. Los tres, sin embargo, cada uno a su turno, acabarían por dirigir el recién nacido Reino de León, iniciándose una aventura cuajada de gestas, sufrimientos, victorias y derrotas, secesiones y reunificaciones, alianzas y traiciones…, pero también de trabajo en campos sembrados cada vez más amplios, tierras que parieron cosechas regadas con las lágrimas y la sangre de quienes, primero bajo el estandarte de la Cruz, y después bajo el del León, lucharon en interminables jornadas por los caminos que llevaban al Sur.





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